PARTE 2
Los años que siguieron no fueron vida; fueron resistencia.
Ramiro mandaba pensión cuando quería. Cuando no, decía que la constructora estaba pasando por “un mal momento”. Pero en Facebook aparecía en Cancún, en Los Cabos o en eventos de empresarios, siempre abrazado de Valeria, hablando de nuevos comienzos y de elegir la felicidad, como si Mateo y yo hubiéramos sido una enfermedad de la que logró curarse.
Yo hice de todo. Di clases particulares por las tardes, vendí galletas en el parque los domingos, arreglé bastillas para señoras de Lomas Verdes y limpié oficinas los sábados en la mañana. Mi mamá me ayudaba con Mateo aunque ya casi no podía caminar bien.
Hubo noches en que fingí no tener hambre para que mi hijo pudiera repetir frijoles con arroz.
Pero Mateo nunca fue un niño común.
A los cuatro años ya sabía qué camión tomar para llegar a casa de mi mamá. A los seis leía los recibos de luz y me preguntaba por qué habíamos gastado tantos kilowatts. A los nueve desarmó una licuadora quemada y la arregló con piezas de un radio viejo. En la secundaria, sus maestros me llamaban no porque se portara mal, sino porque no sabían qué hacer con él.
“Su hijo piensa como ingeniero, señora Lucía”, me dijo una maestra. “Pero necesita oportunidades.”
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