Pasamos la infancia viéndonos en todas nuestras versiones: enojados, tristes, esperanzados, decepcionados. Sabíamos cuándo el otro mentía diciendo que estaba bien y cuándo necesitaba silencio.
Cada vez que una pareja visitaba la residencia, no nos hacíamos ilusiones. Sabíamos que normalmente buscaban algo más fácil. Un niño sin complicaciones. Sin silla de ruedas. Sin antecedentes de traslados fallidos.
Lo convertimos en chiste para no sufrir.
—Si te adoptan, me quedo con tus auriculares.
—Y si te eligen a ti, me quedo con tu sudadera.
Nos reíamos, aunque en el fondo ambos sabíamos la verdad: nadie vendría por nosotros.
Leave a Comment