Mi esposo, Rodrigo, llegó esa noche con una carpeta de cuero bajo el brazo y una sonrisa que no le veía desde hacía años.
Se sentó frente a mí, en la mesa del comedor que habíamos elegido juntos cuando todavía creíamos en el “para siempre”.
—Lucía, esto se acabó. Aquí están los términos.
Deslizó el documento hacia mí como si fuera un menú.
Leí por encima:
La casa de Coyoacán.
Los departamentos en la Condesa.
Las cuentas. Los autos. Las acciones.
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