Y ella, que tampoco tenía a nadie.
A veces el destino no llega haciendo ruido. A veces llega temblando sobre cuatro patas demasiado delgadas, apoyándote el hocico en la mano.
Rosario pasó la primera noche en el piso de la sala. Benito durmió en el colchón de paja. El potro se echó del otro lado de la puerta trasera, tan cerca que ella alcanzaba a escucharle la respiración por la rendija de la madera. No durmió mucho. Pero durmió. Y cuando una persona lleva días sobreviviendo a la intemperie, un poco de sueño ya parece una forma humilde del milagro.
Amaneció con el sonido torpe de pezuñas pequeñas golpeando la tierra.
Abrió la puerta trasera cargando a Benito y encontró a la cría de pie, medio vencida, pero firme. Al verla, el animal dio tres pasos hacia ella y volvió a recargarle el hocico en la mano.
El sol nacía detrás de los árboles y le encendía el pelo de un brillo cobrizo.
Rosario entendió de inmediato el problema mayor: el potro tenía que comer. Sin yegua, sin vaca, sin nada, la única leche posible era la de ella. Se sentó en el quicio, acomodó a Benito en un brazo, exprimió con paciencia unas gotas de leche materna sobre un pedazo de tela limpia y se la ofreció a la cría. El potro chupó con una desesperación que daba miedo.
Así pasaron la mañana: ella repartiéndose entre el hijo y el animal, estirando lo poco que tenía hasta volverlo suficiente por unas horas más.
Fue ese mismo día cuando decidió ponerle nombre.
Lo llamó Aurora.
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