Entonces doña Isaura dio un paso adelante, tomó la maleta vieja de cuero, la misma con la que Rosario había llegado el día que se casó con Gerardo, y la arrojó por los escalones del porche como si tirara un costal vacío. La cerradura reventó. Un vestido remendado, dos pañales de tela, una cobija delgada y un retrato pequeño en cartón se desparramaron por el suelo.
Benito soltó un llanto agudo. Rosario sintió que la vergüenza le subía por el cuello hasta la cara, pero no se agachó todavía. Miró a la suegra de frente. Doña Isaura tenía los labios apretados, la quijada dura, y esa expresión de mujer convencida de que la crueldad es justicia cuando le toca ejercerla a ella.
—Llévate tus cosas —dijo—. Y llévate al niño, que al fin y al cabo es tuyo. Aquí ya no ocupes espacio.
Rosario se quedó quieta.
Hubo un segundo extraño, uno solo, en que el mundo pareció detenerse. Se oía el zumbido de las moscas, el llanto de Benito, el rechinar de una mecedora dentro de la casa, el rumor lejano de una carreta pasando por la calle principal. Y también se oía algo más profundo: el ruido de una vida partiéndose por la mitad.
Se inclinó sin apuro. Recogió primero el retrato de Gerardo. Luego la cobija. Luego los pañales. Lo hizo con una calma tan precisa que a las vecinas de la banqueta se les borró por un momento el gusto del chisme. Después cerró como pudo la maleta rota, acomodó al niño mejor contra el pecho, y bajó los escalones sin volver a mirar la casa.
—Dios la ve, doña Isaura —dijo nada más, sin alzar la voz.
La otra no respondió.
Rosario salió del pueblo esa misma tarde.
No le avisó a nadie porque no tenía a quién avisarle. Su padre había muerto cuando ella era niña. Su madre se había ido dos años antes, consumida por unas fiebres que la dejaron seca como hoja vieja. Hermanos no tenía. Primos, si existían, andaban tan lejos que eran casi una idea. Lo único parecido a familia viva era una dirección escrita en un pedazo de papel: la de una tía abuela llamada Generosa, hermana de su madre, que vivía en un pueblo a varios días de camino, tierra adentro, más allá de donde Rosario había ido en toda su vida.
Salió con lo puesto, una maleta medio vencida, un sombrero de palma, los botines gastados, un poco de harina de maíz, piloncillo, carne seca y un miedo tan grande que tuvo que aprender a caminar con él como quien carga un costal en la espalda.
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