Su cuerpo temblaba, pero su cabeza empezó a trabajar.
Ella no era solamente “la esposa de Alejandro”. Era Valeria Montes, la mujer que negociaba contratos de millones de pesos, resolvía crisis con proveedores y detectaba pérdidas antes de que una obra se viniera abajo. Si había aprendido algo en construcción, era esto: cuando una estructura falla, no se grita. Se apuntala.
Abrió las aplicaciones bancarias con la señal intermitente del avión y revisó los saldos guardados. Cuentas conjuntas. Tarjetas. Inversiones. Alejandro siempre se burlaba de su obsesión por guardar comprobantes, facturas y contratos escaneados.
Ahora esa obsesión era su salvavidas.
Encontró cargos de hoteles en Monterrey, Querétaro y Cancún en fechas donde él supuestamente estaba “con clientes”. Cenas para dos en Polanco. Un spa en la Riviera Maya. Y una compra en Cartier Antara por 348,000 pesos.
A ella, en su último aniversario, le había regalado unas flores marchitas compradas de camino a casa.
Respiró hondo y empezó una lista:
Abogada de divorcio. Bloqueo preventivo de cuentas. Cláusula de infidelidad. Comprobantes. Recursos Humanos. Testigos del vuelo.
La sobrecargo se acercó minutos después.
“Señora… ¿está bien?”
Valeria leyó su gafete. Mariana.
“Necesito preguntarte algo. Cuando le dijiste esposa a esa mujer, ¿él te corrigió?”
Mariana tragó saliva.
“No.”
Leave a Comment