Uno de los cambios menos visibles, pero más peligrosos, es la pérdida de la capacidad del cuerpo para regular su temperatura.
El organismo ya no detecta con precisión el frío o el calor, lo que puede llevar a situaciones de riesgo como deshidratación, hipotermia o golpes de calor.
Lo más preocupante es que muchas veces no hay señales claras de alerta.
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