La vejez feliz nace del auto-respeto silencioso, no del orgullo agresivo ni de la apariencia social.
Es poder mirar atrás sin vergüenza absoluta. Saber que hubo errores, pero también honestidad. Haber elegido la prudencia por sabiduría, no por temor.
Quien conserva su dignidad envejece con serenidad. Su presencia transmite calma, incluso sin hablar.
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