Más cerca, como si la distancia fuera el problema, como si no se tratara de su propia madre. Así que me quedé yo. Vendí mi apartamento pequeño, pero cómodo y me mudé a la casa de Graciela. Convertí la sala en una habitación de hospital improvisada. Compré equipos médicos de segunda mano. Aprendí a cambiar sondas, a prevenir escaras, a administrar medicamentos con precisión milimétrica. Los primeros años fueron los más duros. Graciela estaba frustrada, enojada con el mundo, consigo misma, con su cuerpo inútil.
Gritaba cuando podía, lloraba cuando no podía gritar. Yo aguantaba. Aguantaba porque le había prometido a Celia que lo haría. Aguantaba porque en el fondo Graciela no merecía morir sola y olvidada. Mis ahorros se evaporan. Los tratamientos, los medicamentos, los equipos, todo costaba una fortuna. Intenté conseguir trabajos freelance como arquitecto, pero era imposible mantener horarios cuando Graciela podía necesitar en cualquier momento. Así que acepté trabajos pequeños, diseños de remodelación para vecinos, planos básicos que pagaban apenas lo suficiente para comer.
Verónica llamaba una vez cada tres meses. ¿Cómo está mamá? Qué bueno, tengo que correr. Horacio, besos. Karina enviaba mensajes de texto genéricos. Espero que mamá esté bien. Avísame si pasa algo grave. Nunca enviaban dinero, nunca ofrecían ayuda, nunca preguntaban cómo estaba yo. Pasaron los años, uno, 2, 5, 10. Mi vida se convirtió en una rutina mecánica de supervivencia. Me desperté a las 6 de la mañana. bañar a Graciela, prepararle el desayuno triturado porque ya no podía masticar bien, darle sus medicamentos, cambiarle la ropa, lavarla cuando tenía accidentes, cocinar, limpiar, hacer ejercicios de rehabilitación que sabíamos que no funcionan, pero que los médicos insistían en mantener.
acostarla, revisar que respirara bien durante la noche, dormir 3 horas, repetir. Mis manos desarrollaron callos. Mi espalda se volvió un nudo permanente de dolor. Mis ojos perdieron esa chispa que Celia tanto amaba. Me convertí en una sombra, en un fantasma que cuidaba a otro fantasma, pero nunca me rendí. Jamás. Graciela no podía hablar bien, pero sus ojos lo decían todo. A veces me miraba con algo parecido a la gratitud, otras veces con culpa. Había días en que lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas mientras yo le daba de comer.
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