Cuando llegaron a las 2 en punto, Eduardo traía esa sonrisa forzada que había perfeccionado en los últimos meses. Mónica, su esposa, entró con su cara de pocos amigos habitual, arrastrando los pies como si estar en mi casa fuera un castigo. Y mi nieta Sofía, ay, mi Sofía, 8 años de pura malcriadez con sus bucles rubios y esa mirada altanera que había aprendido de su madre. Huele rico, mamá”, dijo Eduardo besándome la mejilla. Por un momento, mi corazón se llenó de esperanza.
Tal vez esta vez sería diferente. Tal vez podríamos tener una comida familiar sin tensiones. Mónica se dejó caer en una silla sin siquiera saludarme. ¿Hay refresco light? No puedo tomar azúcar. Por supuesto, mija, respondí dirigiéndome a la cocina. Ah, en mis adentros pensé, claro, porque Dios nos libre de que consumas una caloría extra en la casa de la suegra. Pero sonreí y serví el refresco en mi mejor cristalería. Durante la comida traté de conversar con Sofía. ¿Cómo va la escuela, mi amor?
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