Su casa en Puerto Vallarta era moderna: paredes blancas, grandes ventanas y un aroma cítrico que siempre rociaba en las habitaciones.
Me mostró el cuarto de huéspedes.
—Tu suite —dijo con una sonrisa.
Pensé que sería algo temporal.
Eso fue hace tres años.
Con el tiempo, Gabriel comenzó a encargarse de casi todo:
Las cuentas.
Los pagos.
La gestión de mi pensión.
Decía que lo hacía para ayudarme.
Pero poco a poco también empezó a controlar el acceso a las cuentas que Rafael y yo habíamos abierto años atrás.
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