Al día siguiente, el teléfono sonó.
Era Claudia.
—¡Mamá! ¿Qué pasó con la cuenta?
—¿A qué te refieres?
—¡El dinero! ¡El banco rechazó todo!
Respiré profundo.
—Cancelé tu acceso.
Silencio.
—¿Estás loca?
Por primera vez en años, respondí con calma:
—No. Pero ya no vas a usar mi dinero.
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