Observó como Nayeli, con manos temblorosas, pero expertas, abría la bolsa de plástico que había sacado del restaurante. No sacó la comida, sacó los frascos de vidrio vacíos y las mangueras de plástico que había rescatado de los contenedores de la farmacia. Héctor, el titán de la industria farmacéutica, el hombre que decidía el precio de la salud de medio país, observó horrorizado lo que estaba ocurriendo. Nayeli llevó los frascos a una pequeña mesa de madera coja, sacó una botella de alcohol, jeringas nuevas que había comprado con sus pocas propinas y comenzó a lavar y esterilizar las mangueras usadas con una precisión clínica.
Luego tomó tres frascos que parecían vacíos. Con una aguja fina extrajo las últimas gotas residuales de cada uno de ellos, reuniendo a duras penas un mlilro de líquido transparente en la jeringa principal. Héctor reconoció la etiqueta de los frascos, incluso desde la distancia. Era pulmocalm V, un medicamento pediátrico de última generación para afecciones respiratorias severas, un medicamento que su propia empresa fabrica, un medicamento cuyo precio él mismo había triplicado el año pasado para maximizar los márgenes de ganancia antes de la fusión alemana.
Un tratamiento que costaba más de 50,000 pesos mensuales. Nayeli, una enfermera brillante y con honores, estaba arriesgando su libertad, escarvando en la basura biológica para extraer las sobras de las ampolletas desechadas por los ricos solo para mantener vivo a su hijo. Al hijo de Héctor. “Ven, siéntate aquí, campeón”, le dijo ella, preparándole un improvisado nebulizador casero conectado a la jeringa. El niño obedeció sin quejarse, acostumbrado a la rutina. Mientras la máquina vieja empezaba a zumbar, bombeando el medicamento rescatado hacia los pulmones de Dante, Nayeli se dejó caer contra la pared de ladrillos sin pintar.
Cerró los ojos y por primera vez en toda la noche dejó escapar una lágrima solitaria que resbaló por su mejilla sucia. Héctor quiso gritar, quiso levantarse, patear esa puerta de lámina, sacar su chequera y comprar el hospital entero esa misma noche. Quiso abrazar a ese niño y pedirle perdón a ella hasta quedarse sin voz. Se apoyó en el muro de concreto, listo para salir de las sombras, pero se detuvo. ¿Qué iba a decirle? Hola, Nayeli. Lamento haberte dejado por la heredera de un imperio hace 5 años cuando me dijiste que necesitabas hablar conmigo de algo urgente.
Iba a irrumpir en su casa vestido con un traje que costaba más de lo que ella ganaba en 5 años limpiando mesas. Ella huiría o peor, lo echaría a patadas. Y con justa razón, no. Héctor retrocedió un paso hacia la oscuridad. La puerta de metal se cerró lentamente desde adentro con un chirrido metálico, cortando el rayo de luz y dejándolo solo en la fría y húmeda penumbra de la calle. Tenía que actuar, pero tenía que hacerlo con inteligencia.
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