Si se deja de lado el sensacionalismo, hay una enseñanza valiosa que sí puede extraerse de todo esto: no conviene entregar la paz mental a cada anuncio estremecedor que aparece.
La humanidad ha convivido durante siglos con predicciones fallidas sobre el fin del mundo. Cambian los nombres, cambian las fechas, cambian los supuestos videntes o señales, pero el mecanismo emocional suele ser el mismo: miedo, urgencia, impacto y difusión masiva.
Por eso, ante cualquier mensaje que anuncie una fecha fatal como el 23 de abril de 2026, lo más importante no es entrar en pánico, sino observar con serenidad, verificar la información y no permitir que el terror ajeno gobierne la propia vida.
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