En la entrada estaban dos personas: un hombre elegante de traje y una mujer con carpeta en mano.
—Buenas tardes —dijo el hombre—. Buscamos a la señora Elena Ruiz.
Martín tragó saliva.
—Es… es mi madre —respondió, confundido.
Yo salí del baño y me acerqué con tranquilidad.
—Soy yo.
El hombre asintió.
—Perfecto, señora Ruiz. Venimos por el tema de la propiedad.
Martín frunció el ceño.
—No entiendo… yo ya tengo los papeles —dijo levantando su contrato.
La mujer lo miró y sonrió con una mezcla de paciencia y firmeza.
—Señor… ese documento no tiene validez legal.
El silencio se volvió pesado.
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