Cuando cumplí ocho años, ya había pasado por más casas de acogida de las que podía recordar. Aprendí muy pronto a no apegarme a nada. La gente suele decir que los niños como yo desarrollan fortaleza, pero la verdad es distinta: simplemente aprendemos a guardar nuestras cosas rápido y a no esperar demasiado de nadie.

Fue entonces cuando conocí a Mateo.
Tenía nueve años, hablaba poco, observaba todo con atención y se movía en silla de ruedas. Los adultos no sabían cómo tratarlo y los niños mantenían cierta distancia. No eran crueles, solo incómodos. Lo saludaban desde lejos y luego corrían hacia juegos en los que él no podía participar. Muchos hablaban sobre él, pero casi nadie hablaba con él.
Una tarde me senté a su lado con un libro en la mano y le dije en tono de broma:
—Si vas a quedarte mirando por la ventana, al menos comparte la vista.
Me miró por unos segundos y respondió:
Leave a Comment