Un día entró a mi habitación sin tocar.
—¿Compraste una casa?
No negó nada.
Sabía más de lo que debería.
—¿De dónde salió el dinero?
La miré con calma.
—¿Por qué sentís que tenés derecho a saberlo?
El tono cambió.
Habló de todo lo que habían hecho por mí.
Dijo que “me habían recibido”.
Como si yo hubiera sido una carga.
Esa fue la palabra no dicha.
Pero presente.
Leave a Comment