“Eso es imposible”, protestó su abogado. “Él es el dueño”.
“No,” respondió con calma el abogado de Cristina. “Él lo maneja. Ella es la dueña”.
La verdad se asentó como un peso en la habitación.
Cristina los miró tranquilamente.
Sin rabia.
No hay drama.
Sólo claridad.
“¿Recuerdas —dijo en voz baja—, cuando tu negocio fracasó… y usé mi herencia para ayudarte a empezar de nuevo?
La cara de Damian cambió.
La realización golpeó.
Había construido su vida…
En su fundación.
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