—Buenos días, Sofía.
“Buenos días,” contestó con una sonrisa brillante.
Javier apareció desde el pasillo principal.
—Bienvenido oficialmente, Laura.
Laura extendió su mano.
—Gracias por no juzgar antes de escuchar.
Javier sacudió la cabeza suavemente.
—Gracias a su hija por recordarnos por qué hacemos lo que hacemos.
Sofía miró a su alrededor, impresionado por el edificio brillante.
—Mamá, ¿ves? Te dije que las oportunidades no esperan.
Laura se agachó y la abrazó con fuerza.
—Y tú me enseñaste que el amor tampoco.
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