El GMS estimula las células del cerebro de la misma manera que lo hacen las drogas, creando así una sensación de adicción. Es fácilmente absorbido en la sangre y el cerebro, lo que provoca un cambio en los genes responsables del sentido del gusto.
Por un lado, afecta a los receptores de la lengua haciendo la comida más sabrosa de lo que realmente es. Es por eso que hace que las personas sean adictas a alimentos procesados como patatas fritas, dulces, platos preparados y otros.
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