Discutíamos sobre de qué color pintar los gabinetes de la cocina. Ella quería azul y yo insistía en blanco. En ese momento parecía el problema más importante del mundo.
Y entonces todo cambió.
La enfermedad llegó de repente y no nos dio tiempo para prepararnos.
Unos meses después estaba sentado por la noche junto a su cama de hospital, escuchando el sonido monótono de los equipos médicos y sosteniendo su mano, esperando un milagro.
Pero el milagro no ocurrió.
Después de su muerte, la casa parecía demasiado silenciosa.
Cada cosa me recordaba a ella: la taza de la que le gustaba beber té, su bufanda colgada en el perchero, su música favorita que por casualidad había quedado en la lista de reproducción.
A veces me sorprendía esperando escuchar sus pasos en el pasillo.
Pero lo que más temía era una cosa: derrumbarme.
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