—Señorita Patricia —dijo—, por favor, no les hable así.
La reacción fue instantánea. Patricia se giró hacia ella con una mirada de odio tan evidente que apretaste la mano contra el borde de la consola. —Αquí no me corriges —siseó—. Te pagan por limpiar mostradores, no por dar tu opinión.
—Me pagan por protegerlas cuando eres cruel —dijo Daniela.
Fue entonces cuando toda la escena dentro del monitor se hizo añicos.
Patricia se giró hacia las chicas. —¿Qué dijiste? —Daniela levantó la barbilla y, por un instante terrible, viste a tu difunta esposa reflejada en ella con tanta claridad que te dolió el pecho—.
Dije que eres mala cuando papá se va —repitió—. Y que le mientes. Martina se bajó del taburete y corrió hacia Rosa, agarrando su delantal con ambas manos como los niños se aferran al último objeto seguro en medio de una tormenta.
El rostro de Patricia cambió.
No estaba rojo de ira. Estaba pálido de vergüenza.
Fue entonces cuando supiste, con terrible precisión, que Patricia no temía perder tu cariño. Temía perder su lugar en la historia.
Había construido su futuro sobre la base de ser indispensable en una casa en duelo, y estas niñas, estas pequeñas testigos de ojos grandes y buena memoria, eran peligrosas porque los niños a menudo decían la verdad antes de comprender cuánto la odiaban los adultos.
—Sube —dijo Patricia.
Ninguna de las dos se movió.
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