Fue entonces cuando doña Carmela, una señora que conocía del mercado de oblatos, me habló de un trabajo especial. Doña Carmela era una mujer de unos 60 años, siempre vestida de negro, con cara de pocos amigos. Vendía verduras en un puesto cerca de donde yo compraba. Nunca habíamos sido amigas, pero ella sabía de mi situación. Todo el mercado sabía.
Un día me jaló del brazo cuando pasé frente a su puesto. Me dijo que conocía gente que pagaba muy bien por servicios de limpieza, que eran personas discretas que necesitaban a alguien de confianza. Me dijo que pagaban 500 pesos por día, más de lo que yo ganaba en una semana limpiando casas normales. Me dijo que si me interesaba ella podía recomendarme.
Yo no era tonta. Sabía que 500 pesos diarios por limpiar no era normal. sabía que tenía que haber algo raro detrás de ese trabajo. En Guadalajara todos sabíamos cómo funcionaban las cosas, todos sabíamos que había gente que se dedicaba a negocios turbios, pero también sabía que mi hija necesitaba útiles escolares, que el recibo de la luz estaba atrasado tres meses, que la despensa se acababa cada vez más rápido, que el banco iba a quitarnos la casa si no pagaba.
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