Yo le creía, le creí durante muchos años. Recuerdo que los domingos íbamos todos a misa en la parroquia de El Limón. Mi mamá nos ponía nuestros mejores vestidos, nos peinaba con trenzas apretadas y nos llevaba de la mano por el camino de tierra hasta la iglesia. El padre juventino nos daba la comunión y yo sentía que Dios estaba cerca, que nos protegía, que todo iba a estar bien.
Me casé a los 16 años con Aurelio Sánchez, un hombre 12 años mayor que yo, que trabajaba como chóer de camiones de carga. Lo conocí en una feria del pueblo, me invitó un elote con chile y limón. Me hizo reír con sus chistes tontos. Tres meses después le pidió mi mano a mi papá y nos casamos en la misma parroquia donde me bautizaron.
Era buen hombre, Aurelio, trabajador, responsable, no tomaba mucho. Nunca me levantó la mano, nunca me faltó al respeto. Me dio tres hijos, Aurelio Junior, que nació en 1987, Fernando en 1990 y mi niña, mi Lupita, en 1995. Lupita fue mi última hija, la que llegó cuando yo ya creía que no iba a poder tener más.
Había perdido dos embarazos antes de ella y los doctores me dijeron que probablemente ya no podría concebir, pero le recé a la Virgen de Talpa, le hice una manda, caminé descalza hasta su santuario y 9 meses después nació mi Lupita. Fue mi milagro. Vivíamos en Guadalajara, en la colonia Oblatos, en una casita humilde pero digna, dos cuartos, una cocina pequeña, un patio donde tendía la ropa.
Yo seguía limpiando casas mientras Aurelio manejaba sus camiones por todo el país. A veces pasaba semanas sin verlo, pero siempre regresaba con dinero, con regalos para los niños, con historias de los lugares que había conocido. Mis hijos iban a la escuela pública de la colonia. Aurelio Junior era travieso, pero inteligente.
Leave a Comment