En una semana teníamos todo.
Transferencias por casi dos millones de pesos antes del supuesto accidente.
Actas falsas.
Pagos de servicios de dos hogares durante más de veinte años.
Firmas falsificadas.
Y lo peor: llamadas constantes entre mi esposo y Rodrigo antes y después del funeral.
No era una traición impulsiva.
Era una conspiración.
Mi abogada, la licenciada Verónica Téllez, me miró directo a los ojos después de revisar el expediente.
—Señora Mariela, aquí hay fraude, suplantación de identidad, falsificación y despojo patrimonial. Pero necesito una confesión de su hijo o de su esposo para cerrar el caso.
Asentí.
Ya sabía cómo conseguirla.
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