Quien pone el alma en sus seres queridos desarrolla una fortaleza emocional tan grande que los demás normalizan su entrega.
Los hijos, la pareja, los familiares… todos comienzan a creer que:
- “Ella/él puede con todo.”
- “Nunca se queja.”
- “Siempre está disponible.”
Y esa percepción es peligrosa.
Las personas que dan más amor suelen recibir menos, porque el entorno se acostumbra a su capacidad de sostener, de sanar, de resolver.
Con el tiempo, nadie pregunta:
“¿Y tú cómo estás?”
“¿Qué necesitas?”
“¿Quién te cuida a ti?”
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