Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…

Nadie sabía que estaba durmiendo en el almacén de la empresa para evitar pagar el transporte… Entonces el millonario se enteró y…

—No.

—No me mienta.

Hubo un silencio corto, tenso, afilado.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó él al fin.

Camila sintió la humillación subirle por la garganta.

—Tres semanas.

Alejandro se pasó una mano por el rostro, como si necesitara tiempo para procesarlo.

—¿Por qué?

Camila levantó la barbilla. Si ya estaba perdida, al menos no iba a suplicar.

—Porque no tengo otro lugar seguro donde dormir. Porque desde Ecatepec hasta aquí son casi tres horas y ciento veinte pesos diarios. Porque si pago un cuarto no me alcanza para comer. Porque prefiero esto a volver a esa casa.

—¿Qué casa?

—La de mi madre.

—¿Y por qué no puede volver?

Camila lo miró con rabia.

—Porque mi padrastro bebe. Porque cuando bebe golpea. Porque la última vez me rompió dos costillas y mi madre se quedó callada. ¿Eso responde su pregunta, señor Ibarra?

El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más humano.

Alejandro la observó con una expresión que Camila no supo interpretar. Parecía un hombre peleando contra algo dentro de sí mismo.

—No puede seguir durmiendo aquí —dijo al cabo.

Camila asintió. Ya lo esperaba.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top