Alfonso se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no es nuestra casa?
—La vendí ayer.
Isabel se quitó los lentes oscuros de golpe.
—¿Qué?
—La vendí ayer por la tarde. En efectivo.
Sofía me miró primero a mí, luego a su padre, intuyendo que algo raro pasaba. Diego se abrazó a la pierna de Alfonso con el dinosaurio apretado contra el pecho.
—Eso no tiene gracia, mamá —dijo Alfonso, pero su voz ya no sonaba segura—. ¿Qué estás diciendo?
—Lo que oíste. La casa ya tiene otro dueño.
Isabel dio un paso al frente.
—No puedes hacer eso.
Volteé a verla despacio.
—Claro que podía.
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