Caminé por el pasillo de la casa con una calma que no sentía por dentro. En mi recámara abrí el cajón del buró antiguo donde guardaba papeles importantes. Debajo de un juego de manteles bordados por mi madre estaba la carpeta azul con la escritura de la casa de playa de Bucerías, los recibos del predial, los comprobantes de remodelación, los contratos de mantenimiento, el avalúo más reciente. Todo a mi nombre. Todo absolutamente a mi nombre.
La casa la había comprado yo trece años atrás, dos años después de que murió Rodolfo, con el dinero que me dejó mi madre cuando partió. No con dinero de Alfonso. No con dinero de Isabel. No con un crédito compartido. Con mi dinero. Con la herencia de una mujer que trabajó cuarenta años cosiendo vestidos para sacar adelante a su familia.
Esa casa azul con balcón al mar no era “la casa familiar”, como le gustaba decir a Isabel cuando presumía fotos en redes sociales. Era mi casa. Mi refugio. Mi lujo tardío. Mi manera de seguir viva después de haber enterrado al hombre con el que compartí toda una vida.
Volví a la cocina, me serví más café y marqué un número.
—Inmobiliaria Costa Nayarita, habla Marta Salcedo, buenos días.
—Marta, soy Viviana Márquez. Nos vimos en febrero, cuando me preguntó si alguna vez consideraría vender la casa de Bucerías.
Hubo un segundo de silencio, luego su voz se iluminó.
—Claro que sí, señora Viviana. La casa azul de bugambilias en la entrada. La recuerdo perfecto. ¿Está pensando vender?
Miré de nuevo por la ventana. Los caballos seguían comiendo con esa paz insultante que tiene la naturaleza cuando una por dentro trae incendio.
—Sí —dije—. Quiero venderla hoy.
Marta tardó unos segundos en contestar.
—¿Hoy?
—Hoy.
—Bueno… tengo un cliente de Monterrey que lleva semanas buscando algo justo en esa zona. Quiere cerrar en efectivo si encuentra la propiedad correcta. Pero tendría que moverse rápido.
—Yo también.
—¿Está segura?
Me escuché respirar antes de responder.
—Nunca he estado tan segura de algo en mi vida.
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