Alejandro empezó a acompañar a Camila y a Nico a la biblioteca pública del centro. Al principio, Nico era el único realmente cómodo. Hablaba sin parar, le enseñaba los libros que le gustaban, le explicaba por qué los dinosaurios seguían siendo superiores a casi todo. Alejandro escuchaba con paciencia genuina. Camila, desde cierta distancia, observaba.
Le sorprendió descubrir que él de verdad amaba los libros. Le sorprendió más que no tratara de impresionar a nadie. Se sentaba en sillas de plástico, comía tortas en puestos callejeros, cargaba la mochila de Nico, saludaba a doña Refugio con un respeto que parecía de otro tiempo.
Poco a poco, la desconfianza se volvió conversación. La conversación, costumbre. Y la costumbre, algo más peligroso: esperanza.
Pero el mundo no iba a dejarlos en paz tan fácilmente.
En la empresa empezaron los rumores. Que si Camila se estaba aprovechando. Que si seguro quería “atrapar” al patrón. Que si esas historias nunca terminaban bien para mujeres como ella. Verónica, una compañera que antes se burlaba de las cajas, se lo dijo de frente:
—Los hombres como ese no miran para abajo por amor, Camila. Miran por capricho.
Aquella noche, Camila se lo escupió a Alejandro sin adornos.
—Si esto sale mal, tú sigues siendo Alejandro Villaseñor y yo me quedo sin trabajo y sin dignidad.
Él quiso arreglarlo como siempre sabía hacerlo, ofreciéndole otro puesto, mejores condiciones, “algo más justo”. Camila explotó.
—¿Ves? Otra vez quieres resolver todo con dinero. Yo no quiero que me subas de puesto como si me estuvieras salvando. Quiero que entiendas que mi trabajo vale.
Alejandro guardó silencio. Por primera vez en años, alguien le decía no sin miedo.
Y por primera vez, él escuchó de verdad.
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