Emiliano no era un hombre al que se pudiera leer con facilidad. Siempre impecable, siempre frío, siempre con esa manera de hablar como si el mundo entero fuera una extensión de su voluntad. Camila apenas lo miraba a los ojos; no por timidez, sino porque en esa casa todos sabían que él prefería a la gente invisible.
—Necesito que me ayudes con algo —dijo él, de pie junto al ventanal, sin ofrecerle asiento—. El sábado tendré una cena crucial con inversionistas. Uno de ellos cree que soy un hombre casado, estable, confiable. La mujer que iba a acompañarme canceló.
Camila tardó unos segundos en entender.
—¿Quiere que…?
—Que finjas ser mi esposa por una noche.
Leave a Comment