Porque el padre de Magdalena, don Anselmo, era un hombre duro, orgulloso y de ambición seca. Quería para su hija una vida “decente”, lejos de las manos callosas de un joven ranchero con más honradez que dinero. Así que cuando Magdalena cumplió diecisiete años, la comprometió con Lucio Barragán, un comerciante de una villa vecina, dueño de una tienda, una carreta nueva y una reputación respetable.
La boda quedó arreglada sin pedirle permiso.
La tarde en que Magdalena fue a contárselo a Eugenio, él ya lo sabía. Estaba apoyado en la cerca del fondo, mirando el campo como si en él pudiera esconder la herida. Ella esperaba una protesta, una locura, una promesa de pelear por ella. Pero Eugenio era de esos hombres que se tragan el dolor entero y dejan que los queme por dentro sin hacer ruido.
—Ojalá seas feliz —le dijo, con la voz rota pero quieta.
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