No gasté el dinero.
No al principio.
Primero fui a casa.
A su casa.
A nuestra casa.
Me senté en su silla.
Y lloré.
—Perdón… —susurré—. No lo entendía.
Días después, tomé una decisión.
Usaría ese dinero…
pero no para vivir fácil.
Sino para construir algo que lo hiciera orgulloso.
Empecé a estudiar.
Invertí en mi educación.
Y abrí un pequeño proyecto con su nombre:
“Fundación Don Ernesto”
Para ayudar a niños que, como yo, lo perdieron todo…
pero aún tienen una oportunidad.
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