Se sentía mareada, el cuerpo como de algodón, los sonidos cada vez más lejanos. Se apoyó en la mesa, murmurando que quizás necesitaba recostarse un momento. Verónica la ayudó a levantarse, la sostuvo por los hombros con una ternura fingida y le dijo que sí, que la acompañaría a su cuarto.
Pero en lugar de llevarla a su cama, bajó con ella por las escaleras traseras. las que llevaban al sótano. Estela preguntó por qué, qué estaban haciendo, que ese no era su cuarto.
Verónica, con voz dulce pero firme, le dijo que no se preocupara, que todo estaría bien. Cuando llegaron al sótano, Ulises ya había colocado la primera hilera de ladrillos. Verónica le pasó el cuerpo medio dormido de su madre y él la acomodó en un colchón viejo en el rincón junto a una lámpara pequeña y una manta desgastada.
Estela, aún confundida, trató de hablar, de preguntar, pero su lengua se arrastraba lenta dentro de su boca. Verónica se agachó junto a ella, le acarició el rostro y le dijo en un susurro que lo sentía, que no era algo personal, pero que ya vivió suficiente, que debía dejar espacio.
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