Volví a casa con 42 millones

Seguí escuchando.
—“Ella confía en mí. Cree que vamos a viajar cuando se jubile.”
Rieron.
Rieron.
Respiré profundo.
No hice ruido.
No lloré.
Entré como si nada.
Él se giró, pálido.
—“¡Amor! ¿Qué haces aquí tan temprano?”
Sonreí.
—“Quería darte una sorpresa.”
Su teléfono ya no estaba en su oído.
—“¿Y el trabajo?”
Saqué el sobre.
—“Terminó.”
Sus ojos brillaron.
Pero no de amor.
De ambición.
—“¿Ya lo recibiste?” preguntó casi sin disimular.
Asentí.
Esa noche me abrazó más que en años.
Habló de viajes, de sueños, de empezar “una nueva vida juntos”.
Yo también hablé.
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