Cuando abrí la puerta de la casa, lo primero que escuché fueron voces.
Me quedé congelada.
La televisión estaba encendida.
Los niños estaban sentados en el sofá.
Y en medio de la sala…
estaba mi esposo.
Vivo.
Muy vivo.
Estaba hablando tranquilamente con su hermana.
Cuando me vio, su rostro perdió el color.
—¿Qué haces aquí? —murmuró.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿No estabas… muerto?
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