Un padre o una madre nunca deja de pensar en sus hijos.
Aunque ya sean adultos, sigues preocupándote si comieron, si están bien, si descansan.
Tu amor no entiende de edades ni distancias.

Por eso, muchos padres —especialmente en la tercera edad— sienten la necesidad de visitar, ayudar o estar presentes, sin imaginar que su presencia puede ser vista como “molestia”.
Pero la realidad de hoy es dura:
los hijos viven apurados, atrapados entre trabajo, tecnología y preocupaciones.
Y en esa carrera, olvidan la paciencia, la gratitud y el respeto hacia quienes les dieron la vida.
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