Leí el mensaje tres veces.
No porque no lo entendiera… sino porque dolía aceptarlo.
“No esperes que me haga cargo de ti en la vejez.
Tengo mi propia vida y mi propia familia.”
No había insultos.
No había gritos.
Solo una frase fría. Definitiva.
Apoyé el teléfono sobre la mesa y me quedé mirando mis manos arrugadas.
Esas mismas manos que lo levantaron cuando no podía caminar.
Que trabajaron doble turno para que estudiara.
Que firmaron préstamos, becas, sacrificios.
No lloré.
Solo asentí.
Leave a Comment