Cuando el médico dijo que podía irme, asentí en silencio.
No llamé a mi hija.
Pedí el teléfono del hospital y marqué un número que no usaba desde hacía años.
—Buenos días —dije—. Quisiera hablar con el gerente del banco.
Soy titular de la cuenta Ramírez Torres.

El hombre me reconoció enseguida.
—Claro, señora Isabel. ¿En qué puedo ayudarla?
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