La abrí.
Y dije:
—Pero antes… mira quién está afuera.
Mi nuera frunció el ceño.
Mi hijo levantó la cabeza.
En la entrada estaban dos hombres.
Trajes oscuros.
Carpetas en la mano.
Uno de ellos habló:
—Buenas tardes. Somos del despacho del licenciado Herrera.
Mi nuera palideció.
—¿Qué hacen aquí?
El hombre abrió la carpeta.
—Venimos por la segunda parte del testamento.
Mi hijo se puso de pie.
—¿Segunda parte?
El abogado asintió.
—El señor dejó instrucciones claras.
La lectura completa debía hacerse en dos momentos.
Mi nuera dejó caer las llaves.
—Eso no puede ser…
El abogado continuó:
—La propiedad de Guadalajara fue asignada temporalmente…
pero solo si la señora Elena aceptaba vivir allí con ustedes.
Silencio.
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