—Buenos días, señora Guadalupe —me dijo el ejecutivo—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Necesito un corte actualizado de todas mis cuentas, inversiones y disponibilidad inmediata.
Veinte minutos después tenía la cifra exacta frente a mí. No voy a negar que me impresionó. Había vivido los últimos años como si dependiera del techo ajeno, cuando en realidad podía comprarme tres techos y rentar un cuarto si me daba la gana solo por diversión.
La segunda llamada fue a Benjamín Cárdenas, el abogado que había llevado el testamento de Tomás.
—Señora Guadalupe —dijo, sorprendido—. Qué gusto escucharla.
—No es una llamada de gusto, Benjamín. Necesito verlo hoy. Es urgente.
—Venga a las cuatro. Le abro el espacio que haga falta.
La tercera llamada fue a Laura, una amiga de juventud que se había vuelto corredora de bienes raíces y que siempre había tenido ojo para lo fino y olfato para las desgracias ajenas.
—Guadalupe, ¿eres tú? —contestó, medio dormida.
—Soy yo, comadre. Y necesito un departamento. Uno muy bonito. Muy privado. Y lo necesito ya.
Se quedó callada dos segundos.
—¿A quién mataste?
Solté la primera risa auténtica de la noche.
—Todavía a nadie. Pero no descartes la posibilidad emocional.
Laura soltó una carcajada.
—Dame tres horas.
Después apagué el celular por un rato. Quería paz antes de la guerra.
A las dos de la tarde bajé al salón de belleza del hotel. Me hicieron manicure, pedicure, corte, tinte de retoque y peinado. La estilista, una joven de pestañas larguísimas llamada Katia, no pudo evitar la curiosidad.
—¿Tiene algún evento importante, señora?
Me miré al espejo. Bajo el cansancio, seguía estando yo. Solo necesitaba volver a convocarme.
—Sí —le dije—. Voy a presentarme de nuevo ante mi propia vida.
A las cuatro en punto entré al despacho de Benjamín, en un edificio altísimo de Santa Fe. Desde ahí se veía la ciudad extendida, arrogante y hermosa. Él me recibió con café recién hecho y una carpeta abierta.
—Cuénteme todo —dijo.
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