—No hace falta dar las gracias —respondió—. Mi mamá dice que cuando uno tiene poco debe compartir más.
Con el paso de las semanas, aquella rutina se volvió parte de sus vidas.
Para Sofía era solo un pequeño gesto diario.
Para el anciano, era lo único que le recordaba que todavía había bondad en el mundo.
Entonces llegó el invierno.
Y con él, el frío.
Madrid se llenó de viento helado y lluvia constante.
Sofía comenzó a preocuparse.
El anciano temblaba cada vez más bajo su manta gris.
Un día le llevó una bufanda roja que había encontrado en una caja de donaciones.
Cuando se la dio, el hombre comenzó a llorar en silencio.
Aquellas lágrimas no eran solo por la bufanda.
Eran por algo mucho más profundo.
Pero Sofía aún no lo sabía.
Mientras tanto, en casa, las cosas empeoraban.
Una tarde Carmen recibió una carta del propietario del edificio.
El alquiler subiría el mes siguiente.
Si no podían pagar la nueva cantidad, tendrían que irse antes de fin de mes.
Sofía escuchó a su madre llorar esa noche por primera vez.
Y entendió que sus vidas estaban a punto de cambiar.
Diez días antes de Navidad, Sofía salió de casa como siempre con el desayuno en la mano.
Pero al llegar a la calle Mayor se detuvo en seco.
No podía creer lo que veía.
La calle estaba llena de limusinas negras.
Decenas de ellas.
Hombres con trajes elegantes estaban alineados a ambos lados de la acera.
Parecía una escena de película.
Sofía caminó lentamente entre ellos.
Y entonces vio al anciano.
Pero ya no estaba envuelto en su manta gris.
Llevaba un abrigo elegante.
A su lado había un hombre de traje.
Cuando el anciano la vio, empezó a llorar.
Esta vez sin esconder las lágrimas.
—Sofía… —dijo con voz quebrada.
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