Mis padres tuvieron miedo. El pueblo también. Y cuando el miedo manda, la compasión suele salir por la puerta trasera. Me internaron “por mi bien” y “por la seguridad de los demás”. Diez años es mucho tiempo para vivir entre muros blancos y barrotes. Aprendí a medir mi respiración, a entrenar mi cuerpo hasta que el fuego se convirtiera en disciplina. Hacía lagartijas, dominadas, abdominales, cualquier cosa para no dejar que la rabia me oxidara por dentro. Mi cuerpo se volvió lo único que nadie pudo controlar: fuerte, firme, obediente solo a mí.
No era infeliz allí. Extrañamente, San Gabriel era silencioso. Las reglas eran claras. Nadie fingía quererme para luego aplastarme. Hasta aquella mañana.
Supe antes de verla que algo estaba mal.
El aire pesaba distinto. El cielo estaba gris. Cuando la puerta del salón de visitas se abrió y Lidia entró, por un segundo no la reconocí. Venía más delgada, los hombros hundidos, como si cargara una piedra invisible. Traía el cuello de la blusa abotonado hasta arriba pese al calor de junio. El maquillaje le cubría mal un moretón en el pómulo. Sonrió apenas, pero los labios le temblaron.
Se sentó frente a mí con una canastita de fruta. Las naranjas estaban golpeadas. Igual que ella.
—¿Cómo estás, Nay? —preguntó con una voz tan frágil que parecía pedir permiso para existir.
No respondí. Le tomé la muñeca. Se estremeció.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Me caí de la bici —dijo, intentando reír.
La miré más de cerca. Los dedos hinchados. Los nudillos rojos. No eran manos de alguien que se cae. Eran manos de alguien que se defiende.
—Lidia, dime la verdad.
—Estoy bien.
Leave a Comment