Elena sostuvo el micrófono con una elegancia tan serena que la sala entera cayó en un silencio denso, expectante. Las trescientas personas reunidas en el salón del Ritz parecían contener el aliento al mismo tiempo. Solo se oía el zumbido leve del sistema de sonido y, a lo lejos, el tintinear nervioso de una copa mal colocada.
Ricardo intentó acercarse.
—Elena, basta. No hagas un escándalo.
Ella volvió apenas la cabeza hacia él, y la sonrisa que le dedicó fue tan suave que resultó más aterradora que un grito.
—Querido, el escándalo lo trajiste tú del brazo. Yo solo vine a cerrar la noche como corresponde.
Isabela tragó saliva. El color se le había ido del rostro. Seguía bella, impecable, brillante bajo las luces del escenario, pero ya no parecía la mujer triunfante que había entrado tomada del brazo de Ricardo. Parecía una intrusa atrapada en una trampa que no comprendía del todo.
Elena levantó una pequeña carpeta negra.
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