Siempre pensé que mi rebelde hijo de 16 años era aquel del que había que proteger al mundo, hasta que una noche helada, un banco del parque al otro lado de la calle y una llamada a nuestra puerta a la mañana siguiente cambiaron por completo cómo lo veía.
Tengo 38 años y creía haberlo visto todo como mamá.
Vómito en el pelo el día de la foto. Llamadas del orientador del colegio. Un brazo roto por “tirarme del cobertizo, pero en plan divertido”. Si hay un lío, probablemente yo lo haya tenido que limpiar.
Mi hijo menor, Jax, tiene 16 años.
Yo tengo dos hijos.
Lily tiene 19 años, está en la universidad, es del tipo “¿podemos utilizar tu redacción como ejemplo?”.
Mi hijo menor, Jax, tiene 16 años.
Y Jax es… un rebelde.
No un rebelde “algo alternativo”. En toda regla.
Es sarcástico y ruidoso y mucho más listo de lo que aparenta.
Tiene el pelo de punta, rosa brillante y erguido. Los lados afeitados. Piercings en el labio y la ceja. Chaqueta de cuero que huele a bolsa de deporte y a spray corporal barato. Botas de combate. Camisetas de bandas con calaveras que finjo no leer.
Es sarcástico, gritón y mucho más listo de lo que aparenta. Supera los límites sólo para ver qué pasa.
La gente lo mira en todas partes.
Los niños cuchichean en los actos escolares. Los padres le miran de arriba abajo y me dedican esa sonrisa forzada de “Bueno… se está expresando”.
“Los niños así siempre acaban en problemas”.
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