Mi hija.
Su voz sonando mecánica, apagada, repitiendo frases que no parecían nacidas en su interior: que yo siempre la quise controlar, que nunca respeté sus decisiones, que merecía quedarse con lo suyo, que yo exageraba todo.
Era como oír hablar a una marioneta.
Como si Julián le hubiera prestado las palabras y ella ya no distinguiera cuáles eran suyas.
También revisé las fotografías de documentos.
Había transferencias preparadas, poderes notariales, borradores, testamentos falsificados con una firma que pretendía ser la mía. Todo listo para activarse en cuanto lograran lo necesario. Vi mi nombre estampado bajo letras que yo no había firmado y sentí una indignación tan pura que casi me devolvió la fuerza.
A la mañana siguiente llamé a Benjamín, mi abogado y amigo desde hacía veinte años. Usé el teléfono fijo de Beatriz por miedo a que Julián estuviera monitoreando mi celular.
Le expliqué lo esencial.
Benjamín se quedó un rato en silencio.
—Esto es grave, Margarita.
—Lo sé.
—Si tienes pruebas, debemos movernos.
—Pero con mucho cuidado. María dice que tiene contactos.
Benjamín suspiró.
—Conozco a alguien en instancias federales. No prometeré milagros, pero por lo menos no está dentro del círculo local. Mientras tanto, necesito ver esos documentos.
Le pedí que fuera a mi departamento en Guadalajara por una carpeta azul donde guardaba originales de escrituras, constancias, documentos clave.
Tres días después me llamó con la voz alterada.
—Alguien estuvo en tu departamento.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Qué?
—Todo revuelto. La carpeta no está.
Se me heló la sangre.
Esa carpeta era mi seguro de vida patrimonial.
—Hay más —añadió—. Al parecer hay una investigación en tu contra. Algo sobre irregularidades en la librería. Evasión fiscal. Lavado de dinero. Una locura, pero ya empezaron a moverla.
Me quedé muda.
La estrategia de Julián se reveló entonces completa y monstruosa: si yo me escondía, avanzaría con los documentos; si aparecía, me encontraría atrapada en un escándalo legal que me desacreditara, facilitando todavía más la narrativa de que yo era una mujer inestable, problemática, poco fiable.
Era una trampa perfecta.
Esa tarde Beatriz se sentó conmigo en la cocina mientras yo miraba los papeles sin verlos.
—Son problemas serios, ¿verdad? —preguntó.
Asentí.
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