—Al principio era diferente —nos dijo más tarde, cuando el café empezó a devolver algo de calor a sus manos—. Me hacía sentir especial. Decía que nadie me había entendido nunca como él.
Sara asintió.
—Así empieza. Luego viene el aislamiento.
Y vino.
Emilia nos contó, con voz rota, cómo Julián fue separándola de sus amigas, criticando a una por superficial, a otra por envidiosa, a otra por “demasiado metida”. Después fue mi turno. Le dijo que yo quería controlarla, que estaba resentida por mi fracaso matrimonial, que me molestaba verla feliz. Luego empezó con la comida. Después con la ropa. Más tarde con el teléfono. Finalmente con sus ideas.
—Cuando yo dudaba de algo —dijo Emilia, mirándome con los ojos hinchados—, él me decía que estaba imaginando cosas, que yo era emocional, que por eso necesitaba que alguien fuerte pensara por mí.
Sentí una mezcla de ternura y furia.
Mi hija había sido desmontada pieza por pieza.
La acostamos temprano en una habitación al fondo. Antes de quedarse dormida por el sedante suave que le dio Sara, me agarró la mano.
—No me dejes, mamá.
—Nunca más —le prometí.
Creímos que al menos esa noche estaríamos a salvo.
No fue así.
A las tres diecisiete de la madrugada me despertó el sonido de un vidrio rompiéndose.
Salí al pasillo y oí voces en la sala.
Una era la de Marcos.
La otra me dejó la sangre helada.
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