Mi papá, confundido:
—Hija, aquí hay un desastre. Por favor, dinos qué está pasando.
Borré los audios sin oírlos completos.
Después bloqueé sus números.
No se rindieron.
Marcaban de otros números. Mandaban correos. Mensajes por Facebook. Notas por WhatsApp desde celulares ajenos.
Yo bloqueaba, borraba, ignoraba.
Como a las diez de la noche escuché coches entrar y luego pasos y luego golpes duros en la puerta.
—¡Mariana, abre! —gritaba Elena—. ¡Abre ahora!
Me asomé por la ventana.
Ahí estaban los cuatro.
Cansados, enojados, todavía con cara de vuelo reciente y arena metida en las maletas. Primero habían ido al departamento. Luego a casa de mis papás. Luego a mi casa.
Respiré hondo.
Esa conversación iba a pasar, quisiera o no.
Y yo ya estaba lista.
Abrí la puerta.
Elena quiso entrar empujando, pero me planté en la entrada. Mi mamá pasó de todos modos, como si mi casa siguiera siendo extensión natural de su autoridad. Los demás detrás. Se quedaron en la sala mirándome como si yo hubiera cometido un delito.
—Tenemos que hablar —dijo mi mamá.
Ni siquiera sonó a petición.
Elena no aguantó.
—¿Qué estabas pensando? —me soltó—. Nuestras cosas están en casa de mis papás como si fueran basura y no podemos entrar al departamento.
La miré sin subir la voz.
—Ya no es tu departamento.
Se le abrió la boca.
—¿Cómo que no?
—Cambié las chapas. Ya no viven ahí.
Se quedó congelada un segundo. Luego se encendió.
—No puedes hacer eso. Tenemos derechos.
—No hay contrato —le dije—. Era un favor. Un permiso. Y lo retiré.
Jorge dio un paso, nervioso, conciliador, como esos hombres que solo sacan voz cuando el conflicto ya les toca el bolsillo.
—Mariana, entiendo que estás dolida. De verdad. Pero esto no se hace así. Nosotros no tenemos a dónde ir.
Lo miré.
Leave a Comment