El seguro médico complementario que yo les pagaba “por si acaso”.
La suscripción de la revista favorita de mi papá.
Netflix.
El pago domiciliado a la tarjeta de mi mamá para el súper.
El plan de celular de Elena.
La ayuda mensual para el coche.
La membresía del gimnasio que yo le regalé porque, según ella, el embarazo la tenía muy ansiosa y necesitaba distraerse.
Con cada cancelación me acordaba del mismo tono de voz:
“Es que se nos juntó todo.”
“Es que este mes estuvo pesado.”
“Es que tú ganas mejor.”
“Es que a ti no te cuesta.”
Cuando terminé, hice cuentas rápidas.
Durante casi cuatro años les había estado soltando, entre unas cosas y otras, más de cincuenta mil pesos al mes.
Más de cincuenta mil.
Dinero que yo daba sin reprochar.
Dinero que no me sobraba al principio, pero que igual sacaba porque eran “mi familia”.
Esa misma noche mi celular vibró con notificaciones.
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