Mientras el peligro acechaba en la planta baja, 1 descuido inocente cambió el rumbo de todo. Atraídas por el brillo de 1 inmenso candelabro, las 2 gemelas salieron del cuarto de lavado. Caminaron tomadas de la mano, subiendo torpemente los 25 escalones principales. Sus pasitos diminutos resonaron en el pasillo silencioso hasta llegar a la puerta de roble tallado de la habitación principal, la cual estaba ligeramente entreabierta.
Las 2 niñas empujaron la pesada madera. Don Arturo levantó la vista, con las 15 pastillas temblando en su mano derecha. Por 1 segundo, creyó que estaba alucinando. 2 criaturas idénticas, con ropita humilde y ojitos inmensos, lo miraban fijamente, sin juzgarlo, ofreciéndole 1 silencio lleno de paz.
Pero la paz duró apenas 3 segundos. Los tacones de Valeria resonaron en el pasillo. Al ver a las 2 niñas sucias dentro de la habitación prohibida de su padre, su rostro se desfiguró por el asco y la rabia. Entró gritando maldiciones, agarró a Lucía del bracito con una violencia desmedida y la tiró hacia el pasillo. El llanto desgarrador de la niña retumbó en las 4 paredes. Carmen, aterrorizada, llegó corriendo y se tiró al suelo para abrazar a sus 2 hijas. Sin dudarlo, Valeria levantó la mano y le cruzó la cara a la empleada con 1 bofetada brutal. Ninguno de los presentes imaginaba la atrocidad y el giro insólito que estaba a punto de desatarse en esa misma habitación.
PARTE 2
El sonido de la bofetada fue tan seco que pareció congelar el aire en la enorme mansión. Carmen cayó hacia atrás, protegiendo con su cuerpo a las 2 gemelas, mientras 1 hilo de sangre comenzaba a brotar de su labio inferior. Lucía y Sofía lloraban aterrorizadas, aferrándose al delantal manchado de su madre. Valeria, respirando agitadamente y con los ojos inyectados en furia, se limpió la mano en su abrigo carísimo como si hubiera tocado algo venenoso.
“¡Eres 1 maldita muerta de hambre!”, le gritó Valeria a Carmen, señalándola con desprecio. “¡Traes a tus ratas a ensuciar mi casa! Llama a 1 patrulla ahora mismo”, le ordenó a 1 de los 2 abogados que observaban la escena desde el umbral. “Voy a hundir a esta gata en la cárcel por allanamiento e intento de robo, y a estas 2 bastardas las voy a mandar al peor orfanato del país”.
Luego, Valeria giró sobre sus talones y clavó su mirada llena de veneno en su padre, quien seguía sentado en la cama, paralizado. “Y tú, anciano senil y patético”, escupió la mujer, arrojando los 3 documentos legales sobre las sábanas. “Firma esta incapacidad por las buenas. Tu mente está podrida. Llevas 8 meses llorando como 1 imbécil. Hoy mismo te largas al pabellón psiquiátrico de la clínica, porque yo me voy a quedar con la empresa, con esta casa y con cada maldito peso que construiste”.
En ese instante de extrema crueldad, algo antiguo y poderoso se rompió dentro del pecho de Don Arturo. El millonario bajó la mirada hacia su mano derecha. Las 15 pastillas que hace 5 minutos iban a quitarle la vida cayeron al piso de mármol, rodando inofensivamente hasta perderse debajo de los muebles. Miró a su hija, 1 mujer a la que le había dado todo, cegada por la codicia y la maldad. Y luego miró a Carmen, 1 mujer que no tenía absolutamente nada, dispuesta a recibir 1 y 1000 golpes con tal de proteger a sus 2 pequeñas.
El dolor y la depresión que lo habían mantenido mudo durante 8 largos meses se evaporaron, siendo reemplazados por 1 furia implacable. Para sorpresa de los 2 abogados y el terror absoluto de Valeria, Don Arturo se puso de pie. Su postura, encorvada por la tristeza durante semanas, se enderezó hasta recuperar la imponente figura del magnate que había doblegado a las 5 familias más poderosas de Jalisco.
“Toca a esa mujer o a sus 2 hijas 1 sola vez más, y te juro que te corto las manos, Valeria”, rugió Don Arturo. Su voz, gruesa y firme, hizo retumbar los cristales de las ventanas.
Valeria dio 1 paso hacia atrás, palideciendo. “Estás loco… estás enfermo, papá. ¡Tú no mandas aquí!”, balbuceó, intentando mantener su máscara de autoridad, haciendo 1 seña a los 2 abogados para que intervinieran.
“¿Enfermo? ¿O envenenado?”, soltó Don Arturo, caminando lentamente hacia su escritorio de caoba. Abrió 1 cajón oculto y sacó 1 grabadora digital pequeña y 1 sobre amarillo. Lo arrojó a los pies de su hija. “Creíste que mi tristeza era estupidez. Hace 3 semanas, en 1 de mis pocos momentos de lucidez, mandé analizar los supuestos suplementos vitamínicos que tu médico de confianza me recetaba. Estaban alterados con sedantes de uso psiquiátrico. Querías volverme loco para poder arrebatarme todo sin resistencia”.
El silencio en la habitación se volvió sofocante. Los 2 abogados, al escuchar la palabra “sedantes”, intercambiaron 1 mirada de pánico y retrocedieron hacia la escalera, sabiendo que estaban involucrados en 1 delito federal gravísimo.
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